domingo, 7 de enero de 2018

viaje al oeste capitulo 29 LIBRE DEL PELIGRO QUE LE ACECHABA, EL-QUE-FLOTA-EN-EL-RÍO LLEGA AL REINO

CAPITULO XXIXLIBRE DEL PELIGRO QUE LE ACECHABA, EL-QUE-FLOTA-EN-EL-RÍO LLEGA AL
REINO. UNA VEZ OBTENIDO PERMISO, BA-CHIE INVADE EL BOSQUE








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 Incapaz es la fuerza de destruir los pensamientos insubstanciales. ¿Para qué afanarse, entonces, en usarla? La única forma de conseguirlo es ejercitando la mente en presencia de Buda. ¿Acaso
no son la misma cosa la iluminación y la ilusión? El iluminado alcanza la perfección en un abrir y cerrar de ojos, mientras que el que permanece en la oscuridad se ve sumergido en más de diez
mil kalpas. Quien se muestra incapaz de conectar sus pensamientos con la Verdad comete un pecado tan grande como los vastos arenales del Ganges.

 Decíamos que, aunque Ba-Chie y el Bonzo Sha midieron sus armas más de treinta veces con el monstruo, el combate permaneció tan indeciso como en el momento mismo
de iniciarse. La fuerza del monstruo era increíble y, si no llega a ser porque la hora del monje Tang aún no había llegado, la bestia hubiera dado buena cuenta de ellos en un
abrir y cerrar de ojos. Ni siquiera veinte monjes hubieran bastado para hacerle frente. Si
Ba-Chie y el Bonzo Sha se mostraron tan efectivos, fue porque gozaron en secreto de la

ayuda de los Seis Dioses de la Luz y los Seis Dioses de las Tinieblas, los Guardianes de
los Cinco Puntos Cardinales, los Cuatro Centinelas y los Dieciocho Espíritus
Protectores de los Monasterios.
Mientras el combate alcanzaba su punto más álgido de virulencia y fiereza, el monje
Tang lloraba amargamente en la caverna, al acordarse de sus discípulos. Las lágrimas
corrían libremente por sus mejillas y se decía, presa de una terrible turbación:
- ¿En que aldehuela te has topado, Wu-Neng, con un amigo de la Verdad, que se ha
empeñado en llenar de comida tu zurrón? Y tú, Wu-Ching, ¿dónde has ido a buscarle,
para que todavía no le hayas encontrado? ¿No sabéis que he sido víctima de las
asechanzas de un demonio y ahora me encuentro penando en este horrible lugar?
¿Cuándo volveré a veros? ¿Cuándo podré escapar de este tormento para proseguir mi
viaje hacia la Montaña del Espíritu?
Mientras se lamentaba de forma tan conmovedora, vio salir del interior de la caverna a
una mujer, que le preguntó, llegándose hasta lugar en el que se encontraba atado:
- ¿De dónde sois y por qué os han amarrado aquí?
Tripitaka volvió hacia ella sus ojos anegados en lágrimas y comprobó que tenía
alrededor de treinta años.
- No es necesario que me preguntéis nada más, bodhisattva – contestó, hondamente
apenado -. En cuanto entré por esa puerta, el destino determinó que no había de
abandonarla jamás. Si deseáis devorarme, podéis hacerlo con toda tranquilidad. ¿Para
qué molestaros en interrogarme?
- Yo no acostumbro comer a la gente - respondió la mujer -. Mi hogar se encuentra a
trescientos kilómetros al oeste de aquí, en una ciudad conocida por el nombre de Reino
del Elefante Sagrado. Soy, de hecho, la hija tercera del señor que la rige y desde niña
todos me han llamado Vergüenza de las Cien Flores. Hace aproximadamente trece años
estaba contemplando la belleza de la luna, cuando ese monstruo me raptó y me trajo
aquí a lomos de un viento huracanado. Tan triste suceso ocurrió concretamente la noche
del quince del octavo mes. Desde entonces me he visto obligada a compartir su lecho y
a traer al mundo a todos sus hijos, sin poder comunicar a la corte mi paradero ni volver
a ver a mis padres una sola vez, aunque, como comprenderéis, he pensado en ellos de
continuo. Pero, en fin, ésa es otra historia. ¿De dónde sois y cómo os echó mano?
- He sido enviado al Paraíso Occidental en busca de las escrituras sagradas - dijo el
monje Tang -. Al cruzar estas montañas, decidí dar un paseo y vine a parar aquí. Si aún
no me ha devorado, ha sido porque ha determinado cazar también a mis discípulos y
cocernos a todos juntos al vapor.
- No os preocupéis por vuestra suerte - le aconsejó la princesa, sonriendo -. Puesto que
sois un buscador de escrituras, voy a hacer cuanto pueda por ayudaros a escapar. El
Reino del Elefante Sagrado no está muy lejos de aquí y, además, os pilla de camino. Lo
único que os pido a cambio es que entreguéis una carta a mis padres. A pesar de ser una
bestia, mi marido me quiere de verdad y os dejará marchar, si yo se lo digo.
- En ese caso - concluyó el monje Tang -, con mucho gusto haré de mensajero vuestro.
Todo pago es poco con tal de salvar la vida.
La princesa regresó corriendo a sus aposentos y escribió a toda prisa una carta, que ella
misma se encargó de sellar. Volvió después al poste de las ejecuciones y se la entregó al
monje Tang, no sin antes desatarle. En cuanto el maestro se sintió libre, se inclinó ante
la mujer y dijo:
- Gracias por salvarme la vida, señora. En cuanto llegue a vuestro reino, tened la
seguridad de que haré entrega de esta carta al señor que lo rige. Me temo, de todas
formas, que, tratándose de una separación tan larga, vuestros padres se hayan olvidado
ya de vos. ¿Qué haré yo entonces? ¿No es justo que me tilden de mentiroso?

- No ocurrirá eso - afirmó la princesa -. Mis padres no tienen ningún hijo varón y estoy
segura de que, en cuanto vean la carta, se acordarán de mí y os facilitarán todo lo que
preciséis.
Tripitaka dobló el escrito y se lo metió por la manga. Volvió a dar las gracias a la
princesa y se dirigió con decisión hacia la puerta.
- No salgáis por ahí - le sugirió, asustada, la princesa -. Los monstruos y diablillos que
aquí moran están ahí afuera animando al Gran Rey con sus tambores, estandartes y
gongs. Vuestros discípulos le han desafiado a un duelo y están batiéndose valientemente
con él. Es mejor que utilices la puerta de atrás. De todas formas, creo que deberías
esperar un poco, porque lo más que puede ocurrirte, si te encuentra mi marido, es que te
interrogue de nuevo. Pero, si te echan mano los diablillos, acabarán contigo en un abrir
y cerrar de ojos, sin preguntarte siquiera quién te ha liberado. Lo más aconsejable, por
cierto, es que salga yo primero e interceda en tu favor ante el Gran Rey. Si accede a mi
petición, vuestros discípulos lo considerarán un gran favor y depondrán las armas.
Al oír esas razones, Tripitaka se echó rostro en tierra y empezó a golpear el suelo con la
frente. Cuando la mujer hubo desaparecido, salió por la puerta de atrás, pero no se
aventuró a alejarse mucho, prefiriendo esconderse entre los arbustos y esperar a ver qué
pasaba.
La princesa maduró aún más su plan, mientras trataba de abrirse camino entre los
monstruos que se habían congregado delante de la puerta principal. Sólo podía oír el
fragor de las armas, pero levantó la vista y gritó con todas sus fuerzas:
- ¡Señor de la Túnica Amarilla!
El monstruo estaba enfrascado en un duro combate con Ba-Chie y Bonzo Sha, pero, en
cuanto oyó los gritos de la princesa, abandonó a los contrincantes a su suerte y
descendió a toda prisa de las nube. Sin dejar de sostener la cimitarra en una mano,
agarró con la otra princesa y le preguntó:
- ¿Se puede saber qué es lo que quieres?
- Hace un momento, mientras dormía en mi lecho de cortinillas de seda, vi en sueños a
un dios con una armadura de oro - contestó la mujer.
- ¿Qué quería ese dios de la armadura de oro? - volvió a preguntar el monstruo.
- Cuando era joven y aún residía en el palacio - respondió la princesa -, prometí a los
dioses que, si encontraba un buen marido, subiría a las montañas sagradas, visitaría las
moradas de los inmortales y daría de comer a todos los monjes con los que me topara a
lo largo de mis días. He de reconocer que he encontrado tanta felicidad a vuestro lado
que me he olvidado por completo de esa promesa. Si no llega a ser por ese dios que ha
venido a recordármela en sueños, jamás la hubiera cumplido. Se mostraba tan duro y
daba tales voces por mi inesperado olvido que terminó despertándome. Aunque sabía
que se trataba de un simple sueño, me sentí tan intranquila que decidí venir
inmediatamente a relatároslo. Al hacerlo, me topé con un monje atado al poste de las
ejecuciones, con lo que mi sobresalto se hizo aún mayor. Os ruego que os mostréis
clemente con él y le dejéis marchar por donde ha venido. Hacedlo por mí, os lo suplico,
ya que difícilmente puede dar de comer a los monjes quien se alimenta de ellos.
¡Recordad la promesa que hice, señor!
- ¡Cuidado que eres alarmista! - exclamó el monstruo, más tranquilo -. Pensé que se
trataba de algo más serio. Está bien. Le dejaré marchar. Mirándolo bien, este monje no
tiene nada de especial. Cuando quiera comer hombres, puedo encontrar en otra parte a
los que me dé la gana.
- Es mejor que se vaya por la puerta de atrás - sugirió la princesa.
- Que se marche y ya está - replicó el monstruo -. ¿Qué más da que sea por la puerta de
delante o la de atrás?

Agarró después la cimitarra con las dos manos y gritó:
- ¡Eh, tú, Chu Ba-Chie, baja aquí un momento! Aunque no te tengo el menor miedo, no
voy a seguir luchando contigo. Es más, acabo de poner en libertad a tu maestro, porque
mi esposa me lo ha pedido. Así que, si quieres verle, vete a la puerta de atrás y continua
tranquilamente tu viaje hacia el Oeste. Pero recuerda que, si vuelves a pasar por mis
dominios, no te perdonaré más la vida.
Al oírlo Ba-Chie y el Bonzo Sha sintieron tal alivio que por un momento les pareció
que acababan de dejar atrás las puertas del infierno. Agarraron a toda prisa el equipaje y
el caballo y se dirigieron, corriendo como ratones, a la parte de atrás de la Caverna de la
Corriente Lunar. Cuando llegaron allí, levantaron la voz y gritaron con
sus fuerzas:
- ¡Maestro!, ¿dónde estáis?
El monje Tang los reconoció en seguida y les respondió, aliviado, desde su escondite
de zarzas. El Bonzo Sha fue el primero en verle y, llevándole de la mano hasta donde
estaba el caballo, le ayudó a montar, Fue una suerte que, estando a punto de convertirse
en bocado del monstruo del rostro azulado, se topara con la dulce y piadosa Vergüenza
de las Cien Flores. Tripitaka se sentía como un salmón que hubiera escapado del
engañoso fulgor de un anzuelo de oro: sin dejar de agitarse en el agua, nadaba, feliz, en
la dirección que le marcaban las olas.
Ba-Chie abría la marcha y la cerraba, con el equipaje a las espaldas, el Bonzo Sha. No
tardaron en abandonar el bosque y en hallar el camino principal. Pero, lejos de
alegrarse, empezaron a discutir, culpándose el uno al otro de lo ocurrido. La discusión
llegó a tal extremo que Tripitaka tuvo que emplear toda su autoridad para apaciguarles.
A la caída de la tarde buscaron un lugar en el que pasar la noche, pero el canto del gallo
los sorprendió bajo cielo abierto. Esto se repitió un día tras otro y, de esta forma,
recorrieron no menos de doscientos noventa y nueve kilómetros. Un día levantaron la
vista y vieron, por fin, a lo lejos una hermosa ciudad. No cabía la menor duda de que se
trataba del Reino del Elefante Sagrado. Valía la pena haber hecho un viaje tan largo,
porque su belleza era, en verdad, inigualable y pocas tierras conocían la prosperidad de
que ella gozaba. Como si fuera morada de inmortales, se hallaba envuelta en una
neblina multicolor, con la que la luna competía de continuo en luminosidad. A lo lejos
se la veía una franja de verdes montañas, desplegada como si fuera una pintura
interminable. Se presentía la presencia de un arroyuelo de aguas serenas, cuya espuma
por fuerza habría de recordar al jade blanco. La campiña estaba cubierta de campos
unidos entre sí por una tupida red de caminos y senderos. El arroz se mostraba granado
y en sazón. Pero aquélla no era exclusivamente tierra de campesinos. En algunas de las
casas se secaban al sol redes de pescador, mientras que en otras se veían grandes
montones de leña, hacinados por la experta mano de un leñador. Tanta riqueza estaba
protegida por altos murallones, que hacían posible que todos los hogares compitieran
entre sí en felicidad y despreocupación. A ellos estaban adosadas nueve torres tan
hermosas que parecían la antesala de otros tantos palacios. Sus tejas de porcelana,
auténticas teselas, las hacían brillar como si fueran faros. En su interior se alzaban el
Pabellón del Gran Último, el de la Cobertura Brillante, el Salón para Quemar Incienso,
la Sala para Revisar los Textos, el Palacio para Hacer-públicas-las-decisiones-degobierno y el Gran Salón de los Sabios. Todos estos edificios habían sido construidos
uno detrás de otro y poseían entradas de jade y escaleras de oro, por las que no dejaban
de circular auténticos enjambres de funcionarios civiles y militares. Pese a su innegable
magnificencia, no podían compararse con el Pabellón de la Luz Cegadora, el del Sol
Brillante, el del Eterno Placer, el de la Claridad Inmarcesible, el de la Memoria
Sempiterna y el del Final Inalcanzable. De todos ellos manaba una auténtica sinfonía de

quejas femeninas y añoranza primaveral, acompañadas por el estridente sonido de
carillones, tambores, gaitas y flautas. Pero su triste y lánguida belleza era inferior a la
del jardín que se adivinaba al final de tan serenos e impresionantes palacios. En él, más
que verse, se presentía la presencia de rostros tan frescos como flores cubiertas de rocío
y talles tan delgados como ramitas de sauce danzando libremente en alas del viento.
Tanta dulzura estaba reservada exclusivamente para alguien que vestía muníficamente y
montaba en una carroza tirada por cinco caballos. Tal era su importancia que siempre le
protegían arqueros tan diestros que eran capaces de lanzar sus dardos contra la niebla y
recobrarlos con el cuerpo muerto de unos halcones
1. Aquel jardín tan espléndido estaba
lleno de parterres, sauces y pabellones, en los que la música no dejaba de sonar y la
brisa traía recuerdos del Puente de Luoyang. La sugerencia era tan fuerte que el
buscador de escrituras no pudo por menos de traer a la mente la corte de los Tang y la
añoranza le desgarró las entrañas. Lo mismo les ocurrió a sus discípulos, que pronto se
abandonaron a su propios sueños. Irremediablemente la vista del Reino del Elefante
Sagrado los transportaba a otro lugar más familiar. Poco a poco, no obstante, se fueron
recobrando y se llegaron hasta una casa de postas, donde descansaron un poco. El monje
Tang se dirigió después a una puerta del palacio real y dijo al oficial que lo guardaba:
- Informad a vuestro señor que acaba de llegar un monje de la de los Tang y solicita ser
recibido en audiencia, para obtener de su generosidad permiso para cruzar sus tierras.
El Guardián de la Puerta Amarilla corrió al interior del palacio y, echándose rostro en
tierra ante los peldaños de jade blanco, dijo con sumo respeto:
- Ahí fuera, majestad, hay un monje de la Corte de los Tang, que solicita audiencia para
poder cruzar vuestros dominios.
El rey se mostró muy complacido ante semejante anuncio y ordenó:
- Hacedle pasar inmediatamente.
Tripitaka se llegó hasta los escalones dorados y saludó con tal respeto al señor de aquel
reino que todos los funcionarios, civiles y militares que se hallaban allí reunidos
comentaron entre sí, gratamente impresionados:
- En verdad este hombre proviene de una nación noble en extremo. No hace falta más
que ver lo exquisito de sus modales.
- ¿Se puede saber por qué habéis decidido venir a nuestro reino? preguntó el rey.
- Vuestro humilde siervo - respondió Tripitaka, agachando ligeramente la cabeza - es
un monje budista de la corte de los Tang, que se dirige hacia el Oeste en busca de
escrituras por orden expresa de su majestad imperial. Al iniciar el viaje, se me dijo que
debería solicitar de vos un permiso especial para cruzar vuestras tierras, y ése es el
motivo por el que he osado molestaros. Traigo, por otra parte, un escrito para vos de mi
dueño y señor.
- Si lo que dices es cierto - concluyó el rey -, me gustaría echarle vistazo.
Tripitaka alargó las dos manos y, sin atreverse a levantar la vista del suelo, colocó el
documento sobre la mesa real. En él se decía lo siguiente:


Escrito de puño y letra del Hijo del Cielo de los Tang, que rige con ayuda de lo alto los destinos del Gran Imperio situado en el Continente Austral de Jambudvipa. Conscientes de nuestra
indignidad y falta de acendrada virtud, nos declaramos descendientes de una tradición imperecedera. Atentos al servicio de los dioses y al gobierno de los hombres, luchamos por
mantenernos alerta día y noche, como si estuviéramos acercándonos a una sima profunda o camináramos sobre hielo. Hace cierto tiempo fuimos incapaces de salvar la vida al Respetable
Dragón del Río Ching, siendo consecuentemente castigados por el Augustísimo Emperador de los Cielos. Nuestro espíritu se adentró en la Región de las Sombras, pero nuestros días no se
habían cumplido y el Señor de la Tiniebla, a quien nunca ponderaremos lo suficiente, nos permitió regresar al mundo de los vivos. En prueba de agradecimiento, celebramos una gran
ceremonia por los difuntos, ofreciendo sacrificios sin cuento por las almas de los que nos precedieron en este mundo de luz. Fue entonces cuando la que salva de sus desdichas al género
humano la Bodhisattva Kwang Shr-Ing, se mostró a nosotros tal cual es y nos reveló que en el Oeste existe un cuerpo de escrituras budistas capaz de redimir a los muertos y dar sosiego a los
espíritus que andan errantes. Por eso hemos encargado a Hsüan Tsang, respetable y muy digno Maestro de la Ley, que trasponga las miles de montañas que separan nuestro imperio de las
bienaventuradas tierras del Oeste y consiga dichas escrituras. Esperamos que los señores de las incontables naciones que ha de cruzar se muestren comprensivos con nuestros deseos y le
permitan pasar libremente por sus dominios. Documento otorgado un día favorable del otoño del año decimotercero del período Chen-Kwan de los Gran Tang. Escrito imperial. (En él aparecían
estampados los nueve sellos sagrados.)
 
En cuanto el rey hubo concluido su lectura, tomó el sello de jade de sus propios
dominios y lo añadió a los que ya figuraban en documento de tanto valor. Sin más, se lo
devolvió a Tripitaka, que, tras agradecer su gesto, dijo:
- Existe un segundo motivo que me ha forzado a venir a presentaros mis respetos y no
es otro que el de entregaros una carta de un familiar vuestro,
- ¿De un familiar? - repitió el rey, sorprendido.
- Así es - confirmó el monje -. De vuestra hija, la princesa tercera, que fue raptada en su
día por el Monstruo de la Túnica Amarilla y que actualmente mora en la Caverna de la
Corriente Lunar de la Montaña de la Cacerola.
- Son trece ya los años que llevamos sin verla - exclamó el rey con los ojos anegados en
lágrimas -. A causa de su desaparición hemos castigado a incontables funcionarios,
tanto civiles como militares, y condenado a muerte a no pocos eunucos y damas de
compañía. En un principio pensamos que se había alejado del palacio y no había sabido
regresar. Locos por el dolor de su ausencia, interrogamos a todos los habitantes de la
ciudad, pero nadie supo darnos razón de su paradero. Simplemente había desaparecido
sin dejar rastro alguno. ¿Cómo íbamos a sospechar que un monstruo la había raptado?
Perdonadme, pero al oíros hablar de ella, no he podido controlar la emoción y la tristeza
ha sembrado mis ojos de lágrimas.
Emocionado, Tripitaka metió las manos por la manga y sacó la carta. Al ver la
dirección que figuraba en el sobre, el rey se puso a temblar y, aunque lo intentó
repetidas veces, no pudo abrir el sobre. Hubo de hacerlo el Gran Secretario de la
Academia Han-Lin
2, que se encargó, igualmente, de su lectura. Todos los funcionarios
de la corte, tanto civiles como militares, escucharon su contenido con mal disimulada
emoción, lo mismo que las concubinas y damas del palacio, que se apostaron
discretamente tras unos artísticos biombos. El Gran Secretario extendió el escrito y leyó
con voz clara:


Vergüenza de las Cien Flores, hija poco piadosa, toca el suelo con su frente más de cien veces seguidas ante su padre rey, hombre adornado con las más sublimes virtudes, en el Palacio del
Dragón y el Fénix. Que el Cielo conserve sus días hasta el final de los tiempos. Me inclino, igualmente, ante mi madre reina, señora de los Tres Palacios, en el Pabellón del Sol Brillante, y ante todos los dignos ministros, tanto civiles como militares, que prestan sus inestimables servicios a la corte. Desde que mi buena fortuna determinó que naciera en el palacio de tan altos soberanos, no he hecho más que daros quebraderos de cabeza y proporcionaros incontables momentos de insoportable tristeza. Lamento no haber contribuido más activamente al incremento de vuestra felicidad, entregándome de lleno al cumplimiento de mis obligaciones
filiales. Hace trece años la noche del día quince del octavo mes mi augusto padre ordenó, con el fin de celebrar como se exigía festividad tan señalada, que en todos los palacios se prepararan
espléndidos banquetes, de forma que cuantos se encontraban a su servicio pudieran disfrutar de la belleza de la luna en el maravilloso Festival de los Cielos Puros. Desgraciadamente, en el momento más señalado de la celebración, se levantó de pronto un golpe de viento muy aromático 3, a lomos del cual viajaba un demonio de pupilas de oro, rostro azulado y pelo verdoso, que se
llegó hasta mí y me arrebató hacia lo alto. A bordo de una nube luminosa me llevó a una región deshabitada situada a media altura de la montaña que constituye su morada, prohibiéndome

abandonarla bajo concepto alguno. Valiéndose de sus poderes mágicos, me obligó a aceptarle por esposo, sufriendo durante todos estos años tan vergonzosa ignominia. Dos veces fructificó en
mí su simiente de bestia, dándole otros tantos hijos monstruos. Sacar a relucir hechos tan luctuosos es, en realidad, una forma de corromper las relaciones humanas y socavar los principios mismos de nuestra moralidad. No debería, por tanto, hacer llegar a vuestras manos una carta tan insultante para vos, pero me temo que, si dejo escapar esta ocasión, jamás podré daros oportuna noticia de las aberraciones a las que me he visto sometida. Mientras meditaba
sobre todo esto, reconfortada, de alguna forma, por la dulzura de vuestro recuerdo, llegó a mis oídos que el monstruo había tomado igualmente cautivo a un digno monje procedente de la
ilustre nación de los Tang. Fue entonces cuando me decidí a escribiros esta carta con los ojos anegados en lágrimas, armándome, al mismo tiempo, de valor para solicitar de mi demoníaco esposo la liberación del religioso, que se ofreció de buen grado a hacer de mensajero. Suplico a mi ilustre padre que no cierre sus oídos a la llamada de la compasión y envíe a sus más dignos generales de la Caverna de la Corriente Lunar en la Montaña de la Cacerola, para que capturen a la Bestia de la Túnica Amarilla y faciliten mi vuelta a la corte que siempre constituyó mi hogar. Éste será para mí el más valioso favor que jamás haya recibido. Perdonad, os suplico, mi falta de respeto, al escribiros una carta cuyo contenido no he meditado en ningún momento. Espero
poder deciros cara a cara lo que ahora me es imposible expresar. Vuestra indigna hija, Vergüenza de las Cien Flores, se inclina respetuosamente ante vos una y otra vez.




En cuanto el Gran Secretario hubo terminado de leer la carta, el rey dejó escapar unos
gritos tan desgarradores de dolor que los moradores de los tres palacios no pudieron
contener las lágrimas y todos los funcionarios experimentaron el peso de un
insoportable dolor. Cuando por fin pudo sobreponerse a tan profunda pena, se volvió
hacia sus oficiales, tanto militares como civiles, y les preguntó:
- ¿Quién de entre vosotros está dispuesto a hacerse cargo de la tropa que ha de capturar
al monstruo y liberar a la princesa Cien Flores?
Varias veces repitió la pregunta, pero nadie se atrevió a responderla. Al parecer no
había en toda la corte una persona con la valentía suficiente para emprender una misión
tan arriesgada. Todos se quedaron completamente mudos, como si fueran generales
esculpidos en madera o ministros moldeados en arcilla. Desesperado, el rey empezó a
llorar con insoportable amargura. Las lágrimas fluyeron por sus mejillas, como si fueran
torrentes. Muchos oficiales se echaron entonces rostro en tierra y dijeron:
- Renunciad a tanto sufrimiento y aceptad de una vez por todas que habéis perdido para
siempre a la princesa. Son muchos trece años para borrarlos de un solo plumazo.
Aunque, por otra parte, parece cierto que vuestra hija se ha topado con este digno monje
de la corte de los Tang y se ha valido por su medio para haceros llegar una carta, no
estamos suficientemente informados de su situación actual. Eso sin contar con que
vuestros humildes servidores no somos más que criaturas mortales. Hemos estudiado a
lo largo de nuestras vidas gran número de manuales y tácticas militares, pero los
conocimientos que de ellos hemos adquirido se circunscriben a la defensa de las
fronteras de nuestra nación de cualquier ataque de hombres como nosotros. Ese
monstruo, sin embargo, es alguien que se vale de la niebla para avanzar y viaja a lomos
de una nube. ¿Cómo vamos a poder capturarle y liberar a la princesa, si nunca da la cara
y nos supera en astucia y poder? Pensamos, por otra parte, que este digno Peregrino de
las Tierras del Este es un monje santo, que, además, procede de una muy noble nación.
No dudamos, pues, que sea capaz de dominar a tigres y dragones y de ahuyentar a
espíritus y demonios. Por fuerza tiene que estar versado en el arte de atrapar monstruos.
Por si esto fuera poco, como muy bien afirma el proverbio, "quien se encarga de
comunicar una noticia no puede desentenderse después de ella". Pidámosle, por tanto,
que se encargue él de dominar al monstruo y rescatar a la princesa. ¿No opináis que es
la solución más aceptable?
Al oír eso, el rey se volvió inmediatamente hacia Tripitaka y le dijo:

- Si, en verdad, conocéis la forma de liberar la energía de vuestro dharma, para capturar
al monstruo y, así, permitir la vuelta de mi hija, tened por seguro que no necesitaréis
proseguir vuestro viaje hacia las Tierras del Oeste. Podéis dejaros crecer de nuevo el
pelo y estableceré con vos un pacto de hermandad. Todas mis riquezas serán vuestras,
incluidos este palacio y el trono del dragón, desde el que rijo los destinos de este pueblo.
¿Cuál es vuestra respuesta?
- Yo, gran señor - se apresuró a decir Tripitaka -, apenas sé recitar los nombres de
Buda. ¿Cómo voy a poder dominar monstruos?
- Si no fueras capaz de hacerlo - le rebatió el rey -, no te habrías atrevido a iniciar un
viaje tan largo con el único propósito de buscar los escritos de Buda.
Tripitaka no pudo seguir ocultando por más tiempo la verdad y hubo de sacar a
colación a sus dos discípulos, diciendo:
- Tenéis razón. Para mí solo hubiera sido una empresa totalmente inalcanzable. Pero
traigo conmigo a dos discípulos tan capaces que ni las más altas montañas ni los ríos
más caudalosos son obstáculos insalvables para su ingenio. Si no llega a ser por su
ayuda, jamás habría llegado hasta aquí.
- ¿Cómo podéis ser tan insensible? - exclamó el rey, reprendiéndole -. Sí, como decís,
tenéis dos discípulos, ¿por qué no les habéis traído a verme? Aunque, quizás, no les
hubiera recompensado, les habría ofrecido por lo menos algo de comer.
- Mis discípulos, señor - explicó Tripitaka -, son bastante feos y ellos mismos no se han
atrevido a entrar sin permiso en vuestro palacio. Temían que pudieran daros un susto de
muerte.
- ¿Habéis oído cómo habla este monje? - preguntó el rey, soltando la carcajada -.
¿Crees realmente que iba a asustarme de ellos?
- ¡Quién sabe! - contestó Tripitaka -. El mayor de ellos se apellida Chu y tiene dos
nombres: Wu-Neng y Ba-Chie. No puede ser más feo. Posee un morro llamativamente
largo, unos dientes tan afilados como colmillos, unas cerdas, que recuerdan al acero, en
la nuca y unas enormes orejas que parecen abanicos. Por si esto fuera poco, es tan tosco
y rudo que, cuando camina, levanta oleadas de viento. Por lo que respecta a mi segundo
discípulo, os diré que se apellida Sha, siendo sus nombres los de Wu-Ching y Bonzo.
Mide doce pies de altura y posee unos hombros llamativamente anchos. Su cara es
azulada, su boca recuerda el barreño de un carnicero, sus ojos brillan como el fuego y
sus dientes parecen una fila de clavos. Con físicos así, ¿cómo van a atreverse a
comparecer ante vos, sin ser invitados de antemano?
- Dado que nos habéis ofrecido una descripción tan acertada de ellos - concluyó el rey -
, creo que estamos preparados para conocerlos sin sufrir el menor sobresalto. Hacedlos
llamar en seguida.
La orden fue redactada en una placa de oro, que fue enviada inmediatamente a la casa
de postas. En cuanto el Idiota la vio, comentó con el Bonzo Sha:
- Decías que, a pesar de todo, quizás no hubiera sido buena idea de entregar la carta de
la princesa. Esto demuestra que estaba completamente equivocado. Lo más seguro es
que, una vez cumplida su misión, nuestro maestro haya sido invitado a un espléndido
banquete por el rey (ya conoces la alta estima que los monarcas suelen de los
mensajeros) y, al ser incapaz de terminar con toda la comida él solo, ha mencionado a
su graciosa majestad nuestros nombres. De ahí que hayamos recibido esta placa de oro.
Vamos, démonos prisa. No está bien hacer esperar una buena comida. Con el estómago
lleno reanudaremos mañana mismo el viaje.
- No te precipites - le aconsejó el Bonzo Sha -. Mirándolo bien, desconocemos aún el
motivo de esta repentina invitación. De todas formas, creo que no nos queda más
remedio que ir a averiguarlo.

Pidieron al posadero que se hiciera cargo del caballo y el equipaje y, agarrando sus
armas, se dirigieron hacia el palacio real. Cuando llegaron a los escalones de jade
blanco, hicieron una leve reverencia y se quedaron tranquilamente de pie. Eso provocó
la ira de todos los funcionarios, tanto civiles como militares, que comentaron indignados
Entre sí:
- ¿Quiénes se habrán creído que son estos monjes? Aparte de feos, no tienen la menor
idea de la etiqueta. ¿Cómo es posible que no se echen rostro en tierra, al comparecer
ante nuestro señor? ¡Es indignante que sólo se hayan inclinado! ¡Jamás se había visto
cosa tan vergonzosa!
Para colmo, Ba-Chie oyó sus quejas y exclamó:
- No sé a qué viene tanto cuchicheo. Nosotros somos así y asunto concluido. A primera
vista parecemos un poco feos, pero, en cuanto os acostumbréis, comprobaréis que hasta
nuestros modales son bastante distinguidos.
El rey parecía muy alterado, sobre todo después de oír lo que el Idiota acababa de decir.
Temblaba de tal manera que por poco no se cae del trono del dragón. Afortunadamente
le agarraron a tiempo dos de sus subalternos y se mantuvo firme en su sitio.
Comprendiendo lo delicado de la situación, el monje Tang se echó rostro en tierra y, sin
dejar de golpear el suelo con la frente, suplicó a su majestad:
- ¡Soy digno de diez mil condenas de muerte! Ya os advertí que mis discípulos eran tan
feos que bajo ningún concepto debían ser admitidos a entrar en palacio. Por mi culpa
vuestro cuerpo de dragón se ha puesto a temblar y toda la corte ha caído presa del
pánico.
Sin dejar de temblar, el rey se dirigió hacia donde yacía tumbado Tripitaka y,
ayudándole a levantar, dijo:
- Os agradezco que me lo hayáis advertido. Si no lo hubierais hecho a buen seguro que
me hubiera muerto del susto.
Pareció entonces dominar el nerviosismo que le embargaba y volviéndose hacia BaChie y el Bonzo Sha, les preguntó:
- ¿Quién de vosotros está especializado en atrapar monstruos?
- Yo - respondió el Idiota, sin pensarlo.
- Soy el Mariscal de los Juncales Celestes - contestó Ba-Chie, orgulloso -. Como no
obedecí en una ocasión las órdenes del Señor del Cielo, fui confinado en esta región de
sombras, donde me cupo la enorme fortuna de aceptar la verdad y hacerme monje. No
es de extrañar, por tanto, que a lo largo de este viaje haya dominado toda clase de
monstruos.
- Dado que eres un guerrero celestial que ahora vive en la tierra - comentó el rey -,
debes de dominar a la perfección las técnicas de la transformación mágica. ¿No es así?
- No es que quiera dármelas de grande - respondió Ba-Chie -, pero es cierto cuanto
acabáis de decir. Conozco, en efecto, unos cuantos truquitos.
- ¿Por qué no te transformas en algo para que pueda verlo? - sugirió el rey.
- Elegid vos mismo lo que deseéis - contestó, una vez más, Ba-Chie.
- En ese caso - concluyó el rey, complacido -, transfórmate en algo realmente grande.
Ba-Chie conocía treinta y seis formas de metamorfosis, por lo que no le costó mucho
satisfacer a su anfitrión. Se puso enfrente de los escalones, hizo un gesto mágico con los
dedos y, tras recitar el oportuno conjuro, gritó:
- ¡Crece!
El pecho se le estiró de una forma increíble y en un abrir y cerrar de ojos alcanzó una
altura de ochenta a noventa pies, como si fuera un dios encargado de otear el horizonte.
Al ver semejante prodigio las dos filas de funcionarios, tanto civiles como militares, se
pusieron a temblar de miedo, mientras el rey castañeteaba los dientes de espanto. Uno

de los generales encargados de la guardia del palacio se las arregló, sin embargo, para
armarse de valor y preguntar con voz insegura:
- ¿Podéis crecer más? ¿Tiene algún límite vuestra capacidad?
- Eso depende del viento - comentó el Idiota, sin poder resistir su ansias de lucimiento -
. Puedo aumentar de tamaño tanto como quiera, si soplan los aires del este o del oeste.
Pero, si se levanta el viento del sur, mis poderes se disparan y soy capaz de hacer con la
cabeza un agujero grandísimo en el cielo.
- ¡Basta, basta! - exclamó el rey, horrorizado -. Ya veo que para ti las metamorfosis no
encierran el menor secreto. Adopta tu tamaño normal, por favor.
Ba Chie así lo hizo, permaneciendo orgulloso de pie frente a la escalinata. Más
aliviado, el rey se atrevió a preguntarle: - ¿Qué clase de armas vas a usar para
enfrentarte a ese monstruo?
- Lo único que preciso es esto - contestó Ba-Chie, enseñándole el tridente.
- ¿Sólo eso? - volvió a exclamar el rey, un tanto burlón -. Aquí tenemos látigos, mazas,
cimitarras, lanzas, hachas de guerra, espadas y toda la clase de ingenios para la lucha.
Nuestro arsenal es muy amplio y puedes servirte de él a tu antojo. ¿Cómo es posible que
consideres ese tridente como un arma?
- Se ve que desconocéis sus poderes - respondió Ba-Chie -. Aunque parece tosco, me he
servido de él en más de mil batallas. Cuando estaba al mando de los ochenta mil
marineros que componían la fuerza naval del Río Celeste, me valía exclusivamente de
su acero para imponer la disciplina. Posteriormente, habitante ya de este mundo mortal,
lo puse al servicio de mi maestro, allanando con él guaridas de tigres y lobos de
montaña y arrasando con su fuerza moradas de dragones y serpientes.
- El rey se sintió muy satisfecho de cuanto oía y no quiso seguir importunando a
guerrero tan indomable. Se volvió hacia las damas de la corte y les ordenó:
- Sacad algo de ese vino especial que guardo en mis bodegas. Traed una botella entera
para que pueda brindar, como se merece, a la salud de este héroe.
En cuanto las damas hubieron cumplido su encargo, llenó él mismo una copa y dijo,
ofreciéndosela a Ba-Chie:
- Este brindis, respetable maestro, es por el éxito de la empresa que estáis a punto de
emprender. Cuando hayáis capturado al monstruo y puesto en libertad a mi hija, os
ofreceré un opíparo banquete y no menos de mil piezas de oro. Mi agradecimiento será
tal que hasta los dioses desearán encontrarse en vuestro lugar.
El Idiota tomó en seguida en sus manos la copa que se le ofrecía. Aunque era rudo y
maleducado, sabía ser cortés cuando se lo proponía e, inclinándose ante Tripitaka, dijo:
- A vos os compete, maestro, probar primero este vino. Sin embargo, no puedo
rechazar, así como así, el ofrecimiento del rey. Permitidme, por tanto, que beba antes
que vos esta copa. No dudo que el vino me ayudará a capturar más fácilmente al
monstruo.
El Idiota vació la copa de un trago, para volverla a llenar al instante y ofrecérsela
respetuosamente a Tripitaka. Pero éste la rechazó diciendo:
- Sabes bien que yo no bebo. ¿Por qué no se la ofreces a tu hermano?
El Bonzo Sha aceptó, complacido, la copa. No había acabado de tomarla, cuando a los
pies del Idiota se formó una especie de alfombra de nubes, que le catapultaron hacia lo
alto. Asombrado, el rey exclamó:
- ¡Cuántos poderes posee el sabio Chu! ¡Hasta por las nubes es capaz de andar!
El Bonzo Sha no le prestó ninguna atención. En cuanto hubo vaciado la copa de un solo
trago, se volvió hacia su maestro y le dijo:
- Mientras os hallabais en poder del Demonio de la Túnica Amarilla, Ba-Chie y yo
fuimos incapaces de dominarle, aunque éramos dos contra uno. Me temo que, si ahora

nuestro hermano se enfrenta solo a él, va a terminar siendo aplastado como una flor
diminuta frente a una manada de caballos.
- Tienes razón - admitió Tripitaka -. Lo mejor que puedes hacer es ir detrás de él y
tratar de prestarle toda la ayuda que puedas.
El Bonzo Sha no lo pensó dos veces. De un salto se elevó hacia lo alto, desapareciendo
al poco rato entre las nubes. El rey se sintió tan sobrecogido que, agarrando al monje
Tang de la túnica, le suplicó, diciendo:
- Sentaos, por favor, un momento y no tratéis también vos de caminar por las nubes.
- ¿Caminar yo por las nubes? - repitió el monje Tang -. ¡Ojalá pudiera hacerlo! Os
aseguro que soy incapaz de dar un solo paso por ahí arriba.
El Bonzo Sha no tardó en alcanzar a Ba-Chie. Cuando se encontró a su altura, le saludó
con la mano y le dijo:
- Aquí me tienes otra vez.
- ¿Por qué me has seguido? - le preguntó Ba-Chie.
- El maestro me ha pedido que te preste toda la ayuda que pueda - explicó el Bonzo
Sha.
- No esperaba de él otra reacción - contestó Ba-Chie, complacido -. Bienvenido a mi
bando. No me cabe la menor duda de que, si unimos nuestras fuerzas, el monstruo no
tendrá absolutamente nada hacer. En cuanto le hayamos capturado, nuestra fama se
extenderá como el humo por todo el reino y hasta el mismísimo rey se inclinará ante
nosotros.
Hablando de sus sueños, no tardaron en abandonar los dominios del padre de la
princesa cautiva. Iban dejando una estela de luz, mientras volaban por el cielo. Su
obsesión era llegar cuanto antes a la caverna de la montaña y capturar a la bestia que la
habitaba, dando, así, cumplimiento a los deseos reales. No tardaron, en efecto, en llegar
a la boca de la cueva. Saltaron inmediatamente de las nubes y, levantando el tridente,
Ba-Chie lo dejó caer con tal fuerza sobre la puerta de piedra que hizo en ella un agujero
del tamaño de un barril. Desconcertados, los demonios encargados de su vigilancia
corrieron a informar a su señor, diciendo:
- ¡Qué terrible desgracia, Gran Rey! Acaban de volver el monje del hocico largo y las
orejas grandes y el bonzo de aspecto tétrico. Están tan furiosos que, de un golpe, han
hecho añicos la puerta.
- Por fuerza tienen que ser Chu Ba-Chie y el Bonzo Sha – exclamó, sorprendido, el
monstruo -. No comprendo cómo se han atrevido a volver en busca de camorra, después
de haber dejado en liberad a su maestro.
- A lo mejor se han olvidado de algo y han vuelto a por ello - dijeron, temblando,
algunos de los diablillos.
- ¡Tonterías! - volvió a exclamar el monstruo -. El que se olvida de algo no regresa
haciendo añicos las puertas. Tiene que existir alguna otra razón.
A pesar de no dar con ella, se puso la armadura a toda prisa, agarró la cimitarra y,
saliendo fuera de la cueva, gritó:
- ¿Queréis explicarme por qué habéis vuelto a destrozar la puerta de mi morada?
¿Acaso no le he perdonado la vida a vuestro maestro?
- Por supuesto que sí - admitió Ba-Chie -. Sin embargo, has hecho algo peor que eso.
- ¿Se puede saber qué? - inquirió el monstruo.
- Raptar a la tercera princesa del Reino del Elefante Sagrado y forzarla a convertirse en
tu esposa - contestó Ba-Chie -. Han pasado trece años desde entonces y pensamos que
ha llegado ya el momento de que la dejes en libertad. De hecho, si estamos aquí ahora,
es por orden expresa del rey, que nos ha encargado que te capturemos y te conduzcamos
ante él. Así que ríndete y déjate apresar. Si lo haces, nos evitarás a todos molestias

innecesarias.
El monstruo se puso furioso, al oír tales razones. Se sentía tan humillado que los
dientes le rechinaban y los ojos le daban vueltas en sus órbitas, como si fueran a
abandonarlas de un momento a otro. Levantó la cimitarra por encima de la cabeza y la
dejó caer con fuerza sobre Ba-Chie. Afortunadamente, éste se hizo a un lado y el golpe
se perdió en el vacío. El Bonzo Sha no tardó en sumarse a la lucha, blandiendo a
izquierda y derecha su pesado báculo. El combate tuvo lugar en la cumbre misma de la
montaña y fue totalmente distinto del que se había desarrollado horas antes. Los
contendientes lanzaban sin cesar insultos, que avivaban el fuego del odio y hacían que
la lucha fuera más encarnizada. Los golpes de la cimitarra iban dirigidos contra las
cabezas de sus adversarios, mientras los del tridente buscaban sin cesar el rostro de su
oponente. El báculo de Sha Wu-Ching era menos selectivo, por lo que el monstruo
encontraba más difícil desviar su carga mortal. Ninguna de las dos partes cedía terreno,
atacando y retrocediendo sin apenas moverse del sitio. No podía ser de otra forma el
enfrentamiento entre un monstruo espiritual y dos monjes con pretensiones de dioses.
Sin embargo, era en el terreno de los insultos donde más virulencia alcanzaba su furia:
- Mereces la muerte por haberte burlado de todo un reino - decía uno.
- Eso no es asunto tuyo y harías muy bien en no enfadarte por lo que de ninguna
manera te atañe - replicaba el otro.
- Has violado a una princesa, condenándola a una existencia de oprobio y vergüenza -
acusaba un tercero.
- ¡Eso a ti ni te va ni te viene! - se defendía, una vez más, el segundo -. Lo mejor que
puedes hacer, por tanto, es no meterte donde no te llaman.
Tal intercambio de sinrazones había tenido su origen en el desafortunado envío de una
carta. Por su culpa los monjes y el demonio habían visto rota la paz de su existencia.
Ocho o nueve veces llevaban medidas sus fuerzas, cuando Ba-Chie comenzó a caer
presa de la fatiga. Se sentía tan débil que apenas podía levantar el tridente. Las energías
le iban abandonando a ojos vistas ¿Cómo explicar ese cambio? La verdad era que la vez
anterior había logrado resistir sus embates, porque, sin él saberlo, había gozado de la
ayuda de los dioses protectores del dharma, que no se apartaban ni un solo momento del
monje Tang. Al estar prisionero en la caverna, habían apoyado con indecible tesón a sus
discípulos, pero, ahora que se había quedado en el Reino del Elefante Sagrado, les
habían retirado del todo su apoyo. Bien lo comprendió el Idiota, al ordenar al Bonzo
Sha:
- Continúa luchando tú con él, mientras yo voy a hacer mis necesidades.
Sin preocuparse lo más mínimo del Bonzo Sha, se dejó caer desde lo alto, yendo a
parar a un enmarañado grupo de zarzas. Las espinas se cebaron en su carne, llenándole
la cara de arañazos y produciéndole profundas heridas. Pero no pareció importarle,
porque se escondió entre ellas, negándose a reincorporarse a la lucha. Sólo dejó fuera
media oreja para ver qué tal iba la batalla
4, una causa perdida ya totalmente.
Al ver, en efecto, que Ba-Chie abandonaba el campo, el monstruo descargó toda su
furia sobre el Bonzo Sha, que ni siquiera tuvo tiempo de escapar. La bestia se apoderó
de él en un abrir y cerrar de ojos, conduciéndole al interior de la caverna, donde fue
atado de pies y manos por los regocijados diablillos que en ella moraban.
No sabemos de momento si su vida corrió o no algún peligro. Quien desee averiguarlo
deberá, por tanto, prestar atención a las explicaciones que se ofrecen en el capítulo
siguiente

 
NOTAS Capítulo XXIX
1 Alusión al poema «Canción triste junto al río» del poeta Du-Fu (712-770) de la dinastía Tang.


2 La Academia Han-Lin era el centro de estudios literarios de la capital. Como tal, asesoraba a la corte en materia de letras, redactaba y corregía los documentos imperiales, seleccionaba el material histórico, explicaba al emperador el contenido de
los clásicos y participaba activamente en las ceremonias oficiales.


3 Puede sorprender que este monstruo se halle envuelto en un halo de luz propicia y viaje a lomos de un viento aromático, cuando lo corriente es justamente lo contrario. La
razón estriba en sus orígenes celestes, como se apreciará en el capítulo xxxi.


4 Los vigías se servían de unas piezas de madera llamadas «pang» para marcar el paso de las vigilias o como señales de alarma o notificación del final de una batalla. Eso explica que Ba-Chie mantuviera fuera una oreja, a pesar de su vergonzosa cobardía.

 

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