domingo, 7 de enero de 2018

Viaje al oeste capitulo 24 EL GRAN INMORTAL DETIENE A SU VIEJO AMIGO EN LA MONTAÑA DE LA LONGEVIDAD. EL PEREGRINO ROBA EL GINSENG 1 DEL TEMPLO DE LAS CINCO VILLAS

CAPÍTULO XXIVEL GRAN INMORTAL DETIENE A SU VIEJO AMIGO EN LA MONTAÑA DE LA LONGEVIDAD. 

EL PEREGRINO ROBA EL GINSENG 1 DEL TEMPLO DE LAS
CINCO VILLAS


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Los tres monjes no tardaron en encontrar al Idiota atado a un árbol. Ba-Chie no dejaba
de chillar, como si fuera presa de un dolor insoportable. El Peregrino se acercó a él y
exclamó, soltando la carcajada:
- ¡Mi querido yerno, con lo tarde que es y todavía no has vuelto a comunicar a tu
maestro la nueva de tu matrimonio! ¿Cómo es, además, que no has dado las gracias a
tus antepasados? Cuesta trabajo creer que estés aquí divirtiéndote, ajeno a las

ceremonias y ritos. ¿Dónde se han metido tu suegra y tu esposa? ¡Es inconcebible
encontrar al novio atado y apaleado!
El Idiota se sentía tan avergonzado que apretó con fuerza los dientes para no dejar
escapar ningún lamento más. El Bonzo Sha, por su parte, no pudo resistir verle de
aquella manera y, dejando el equipaje en el suelo, corrió a desatarle. En cuanto se hubo
sentido libre, el Idiota se echó rostro en tierra y comenzó a golpear frenéticamente el
suelo con la frente. La vergüenza le corroía el alma. Sobre él tenemos un poema "tsu"
que se acompaña con la música del "Sin-Chiang-Yüe" y que dice:


 La pasión carnal es un arma peligrosa. Quien vive por entero dedicado a ella termina presa de su
acero. Todas las doncellas, a pesar de lo tierno de su edad, son más peligrosas que un yaksa.



 Más adelante se afirma: 

Sólo disponemos de una suma importante y nadie puede añadir más ganancia a su bolsa. Es preciso guardar con cuidado tan preciado capital y no malgastarlo jamás.


 Ba-Chie cogió un poco de tierra, lo esparció como si fuera incienso y se inclinó
después ante el cielo.
- ¿Cómo es posible que no reconocieras a las bodhisattvas? - le preguntó el Peregrino.
- Estaba ciego - reconoció Ba-Chie -. ¿Cómo iba a reconocer a nadie?
El Peregrino le entregó la tira de papel y él bajó la vista, avergonzado.
- No te puedes quejar de tu suerte - dijo el Bonzo Sha para animarle -. Eres tan apuesto
que nada menos que cuatro bodhisattvas querían casarse contigo.
- No me vuelvas a hablar de eso, por favor - le suplicó Ba-Chie -. De ahora en adelante
prometo no volver a tocar esos temas. Cargaré con el equipaje del maestro sin rechistar,
aunque su peso me parta el espinazo antes de llegar al Oeste.
- Me alegra oírte hablar con esa cordura - afirmó Tripitaka.
El Peregrino tiró entonces de las riendas y condujo al maestro al camino principal. Tras
varias horas de viaje se toparon con una montaña extremadamente alta. Tripitaka se
sintió tan impresionado al verla que al punto tiró de las riendas y dijo:
- A partir de ahora debemos andar con mucho cuidado, ya que lo más seguro es que tras
esos riscos se escondan monstruos empeñados en buscarnos la ruina.
- ¿A qué tenéis miedo? - le increpó el Peregrino -. Vuestros tres discípulos están
dispuestos a sacrificar su vida por defender la vuestra.
Esas palabras calmaron un tanto la ansiedad del monje Tang, que pudo abandonarse a
la contemplación de la belleza de la montaña que tenía ante sí. La rugosidad de sus
laderas era impresionante. No en balde poseía las mismas raíces que la cordillera Kun -
Lun
2 y sus cumbres llegaban hasta el mismísimo cielo. Garzas blancas a menudo
venían a posarse en sus enebros, mientras monos de pelajes negruzcos se columpiaban
tranquilamente en sus parras. Cuando el sol iluminaba los impenetrables bosques que la
cubrían, se veía elevarse sobre ellos volutas de niebla rojiza. A veces era el viento, al
sopla encajonado por los acantilados, el que arrancaba de las profundidades retazos de
nubes rosáceas. Extraños pájaros cantaban a sus anchas entre el verdor de los bambúes,
mientras los faisanes se perseguían con indescriptible alboroto entre los espontáneos
canteros de las flores silvestres. Desde la posición en la que se encontraba el maestro era
posible ver las siluetas impactantes del Pico de los Mil Años, de la Cumbre de las Cinco
Bendiciones
3, del Alto del Hibisco, de la Roca Sin Edad, del Risco de los Dientes de
Tigre y del Peñasco de los Tres Cielos, de los que fluye sin cesar el viento sagrado. Más
allá de los acantilados se apreciaban la fragilidad de la hierba nueva, la fragancia de los
ciruelos, la pálida pureza de las orquídeas y las punzantes espinas de las rosas silvestres.

En el corazón del bosque el fénix reunía a millares de aves, mientras en la oscuridad de
una inmensa caverna el unicornio hacía otro tanto con los monstruos y bestias. El
torrente, con su curso irregular, parecía volver la cabeza hacia el lugar del que procedía.
Las cumbres formaban una especie de circo que se repetía constantemente más allá de
lo que la vista abarcaba. Por doquier la vegetación se mostraba exuberante. Frondosos
eran, en verdad, los árboles huai
4, los bambúes, los pinos, los blancuzcos perales, los
rojizos melocotoneros y los verdosos sauces. Todos parecían rivalizar entre sí con sus
tonalidades de triple primavera. A lo lejos se escuchaban el canto de los dragones, el
rugido de los tigres, los graznidos de las garzas, los gritos de los simios, los berridos de
los ciervos, al desplazarse por entre los macizos de flores, y los cantos de los fénix al
mirar de frente el sol. Sin duda alguna aquélla era una montaña sagrada, una tierra de
bendiciones, un lugar escogido trasunto de Peng-Lai. Adondequiera que se dirigiera la
vista se veían plantas en flor y bandadas de nubes escalando pacientemente las cumbres.
Impresionado ante tanta belleza, Tripitaka dijo a sus discípulos:
- Muchas han sido las regiones por las que he pasado desde que inicié mi viaje hacia el
Oeste. Pero puedo aseguraros que ninguna de ellas poseía una belleza tan extraordinaria
como la que ahora estamos contemplando. Eso me hace suponer que no andamos muy
lejos del Templo del Trueno, en cuyo caso deberíamos prepararnos para encontrarnos
con el Ser más Respetable del Mundo.
- Es demasiado pronto para eso - afirmó el Peregrino, soltando la carcajada -. Aún nos
queda muchísimo camino.
- ¿A qué distancia en concreto está de aquí el Templo del Trueno? - preguntó el Bonzo
Sha.
- A ocho mil millas, de las cuales no hemos cubierto ni siquiera la décima parte -
contestó el Peregrino.
- Si lo que dices es verdad, ¿cuántos años calculas que nos llevará llegar al final de
nuestro viaje? - preguntó, a su vez, Ba-Chie.
- Si habláramos de vosotros dos - respondió el Peregrino -, no tardaríais más de diez
días. Yo haría en una sola jornada cincuenta viajes de ida y vuelta y aún me sobrarían
algunas cuantas horas de luz. Pero, llevando con nosotros al maestro, es difícil calcular
el tiempo que invertiremos.
- Todo eso está muy bien - insistió el monje Tang -, pero ¿cuándo llegaremos a nuestro
destino?
- Repito que no es nada fácil determinarlo - dijo el Peregrino -. La distancia es tan
grande que muy bien podríais haber empezado a caminar en vuestra juventud y, cuando
llegarais a viejo, aún estaríais de viaje. Serían, tal vez, necesarias mil reencarnaciones
para alcanzar vuestro objetivo. Pero cuando, por vuestra propia fuerza de voluntad, seáis
capaz de percibir la naturaleza búdica en todo cuanto existe y vuestros pensamientos se
retrotraigan a la fuente misma de vuestra memoria, entonces, y no antes, llegaréis a la
Montaña del Espíritu.
- De todas formas - se atrevió a decir el Bonzo Sha -, aunque ésta no sea la región del
Templo del Trueno, por fuerza tiene que ser la morada de algún hombre santo. De lo
contrario, no se explica tanta belleza.
- Así es - admitió el Peregrino -. Ni a duendes ni a demonios les estaría permitido
habitar en un lugar como éste. Si no me equivoco, aquí reside un inmortal o un monje
realmente virtuoso. En todo caso, gocemos cuanto podamos de su belleza.
Aquélla era, en efecto, la Montaña de la Longevidad. En ella se levantaba un templo
taoísta, conocido por el nombre de las Cinco Villas, en el que habitaba un inmortal
llamado Chen Yüan-Tse
5, aunque gozaba del título de Señor, Sosia de la Tierra. 

En
dicho templo crecía un extraño tesoro: una raíz espiritual formada justamente después

de que el caos hubiera sido dividido y antes de que el Cielo y la Tierra se hubieran
separado. Por una extraña cadena de circunstancias había ido a parar al Continente
Occidental de Aparagodaniya, donde precisamente se hallaba enclavado el mencionado
templo. Tan preciado tesoro había recibido el nombre de planta del mercurio alterado o fruto del ginseng. 

Aproximadamente tardó tres mil años en florecer, le llevó un
tiempo similar dar fruto y permaneció maduro durante un período exactamente igual.
Hubieron de transcurrir en total diez mil años antes de que alguien pudiera probarlo. Así
se explica que sólo existieran treinta de esos frutos. Tenía la forma de un recién nacido,
al que no le faltaban ni los cuatro miembros ni los cinco sentidos. Con sólo olerlo, un
hombre podía vivir más de trescientos sesenta años, y quien tuviera la fortuna de
comerlo alcanzaría con toda exactitud la edad de cuarenta y siete mil años.
Precisamente aquel día el inmortal Chen Yüan-Tse había recibido una carta del Primero
de los Seres Celestes, en la que le invitaba a asistir a una conferencia en el Palacio MiLe del Cielo de la Suprema Pureza. 

El tema de la disertación era precisamente "El Fruto
Taoísta del Origen Caótico
".
 


A lo largo de su vida el Gran Inmortal había enseñado a
incontables discípulos a alcanzar el misterio de la inmortalidad, aunque, a decir verdad, sólo cuarenta y ocho de ellos habían conseguido la perfecta iluminación del Tao.

 Quizás por eso, o porque pertenecían a la Secta de la Verdad Completa, había aceptado vivir en su compañía. 
Aquel día ascendió a las Regiones Superiores a escuchar la conferencia,
acompañado por cuarenta y seis de estos discípulos aventajados. Los dos más jóvenes
hubieron de quedarse, pues, al cuidado del templo. Uno se llamaba Brisa Límpida y el
otro Luna Brillante. Brisa Límpida tenía solamente dos mil doscientos veinte años,
mientras que Luna Brillante acababa de cumplir los mil doscientos. Antes de partir,
Chen Yüan-Tse convocó a los dos jóvenes y les dijo: No puedo rechazar la invitación
del Primero de los Seres Celestes. Aunque no quiera, debo asistir a la conferencia que
va a celebrarse en el Palacio Mi-Le. Vosotros quedaos aquí y tened bien abiertos los
ojos, ya que espero la visita de un viejo amigo. No necesito deciros que debéis tratarle
lo mejor que podáis. Tanto que os doy permiso para que arranquéis dos frutos de
ginseng y se los ofrezcáis en recuerdo de nuestra pasada amistad.
- ¿Podéis decirnos quién es ese amigo vuestro? - preguntó uno de jóvenes -. Sabiéndolo
de antemano, podremos tratarle con mayor herencia.
- Es un monje muy virtuoso procedente del Gran Imperio de los Tang, en las Tierras del
Este - explicó el inmortal -. Se llama Tripitaka y se dirige al Paraíso Occidental en
busca de las escrituras de Buda.
- Según Confucio - replicó uno de los jóvenes -, "no es aconsejable mantener contactos
con quienes siguen un camino distinto al nuestro"
6. ¿Para qué relacionarnos con un
monje budista, cuando nosotros pertenecemos al Misterio de la Gran Mónada?
- Has de saber - contestó el Gran Inmortal - que ese monje no es otro que la
reencarnación de la Cigarra de Oro, segundo discípulo de Tathagata, el Anciano Sabio
del Oeste. Entablé relación con él hace aproximadamente quinientos años en la Fiesta
del Ullambana. En aquella ocasión varios seguidores de Buda me presentaron sus
respetos y él tuvo la delicadeza de servirme el té con sus propias manos. Desde entonces
no he dejado de tenerle por un amigo auténtico.
Tras esa explicación los dos jóvenes inmortales no pusieron más reparos a los deseos
de su maestro, que les recalcó a la hora de marcharse:


- No olvidéis que esos frutos están contados. Podéis ofrecerle dos, ninguno más.
- La última vez que abrimos el jardín - comentó Brisa Límpida - comimos dos de esos
frutos, así que deben de quedar unos veintiocho. Estad tranquilos. No cogeremos ni uno
más de los que habéis dicho.
- Me temo, de todas formas - les advirtió el Gran Inmortal -, que los discípulos de

Tripitaka son un poco maleducados. Sería conveniente, por tanto, que no se enteraran de
la existencia de estos frutos.
Tras repetir sus recomendaciones, el Gran Inmortal subió a las Regiones Superiores,
seguido del resto de sus discípulos.
Mientras esto sucedía, el monje Tang y sus tres discípulos habían iniciado ya la
ascensión de la montaña. Jadeantes, levantaron la cabeza y vieron un grupo de altas
construcciones que se confundían con el verdor de los bambúes y los pinos.
- ¿Qué clase de lugar te parece que es aquél, Wu-Kung? - Preguntó el monje Tang.
- No es ni un templo taoísta ni un monasterio budista - contestó el Peregrino después de
larga meditación -. Lleguémonos hasta él y descubramos algo más.
No tardaron en llegar a la puerta, desde la que se veía un pequeño otero cubierto de
pinos y un sendero festoneado de frescos y exuberantes bambúes. Las garzas blancas
entraban y salían sin cesar de aquel recinto, mientras familias enteras de simios vagaban
por doquier en busca de frutas. Justamente al otro lado de la puerta había un estanque,
sobre el que árboles centenarios dejaban caer el peso de sus sombras alargadas. Las
rocas que delimitaban su perímetro aparecían totalmente cubiertas de líquenes y
musgos, como si estuvieran empeñados en reducirlas a polvo con su frágil verdor. Los
salones de la mansión poseían un atractivo color púrpura y sus torres parecían
descender, como la lluvia, de las rojizas neblinas. No cabía duda de que aquélla era una
región santa. Por doquier se apreciaba una espiritualidad que, de alguna manera,
recordaba la caverna de nubes de Peng-Lai. La tranquilidad y el silencio que allí
reinaban eran ideales para el entrenamiento de la mente en los difíciles caminos del Tao.
A veces se tenía, de hecho, la impresión de que extraños pájaros azulados traían nuevas
de Wang-Mu y de que los fénix portaban en sus picos rollos escritos por el propio LaoTse. La riqueza de aquel noble paisaje taoísta era tal que la vista no se cansaba de
recorrerlo una y otra vez. Sin lugar a dudas, aquélla era una morada de auténticos
inmortales.
Al bajar del caballo, el monje Tang vio a su izquierda una enorme laja de piedra, sobre
la que se había grabado la siguiente inscripción: "La Tierra Sagrada de la Montaña de la
Longevidad. Caverna Celeste del Templo de las Cinco Villas".
- ¡Así que se trata de un centro taoísta! - exclamó Tripitaka.
- A juzgar por el lugar en el que está enclavado - afirmó el Bonzo Sha -, debe de estar
habitado por personas realmente virtuosas. ¿Por qué no entramos a echar un vistazo? Si
nos gusta, podemos detenernos aquí en nuestro viaje de vuelta, aunque, a decir verdad,
con la belleza de su paisaje es más que suficiente.
- Tienes razón - concedió el Peregrino y entraron en el interior.
A ambos lados de la segunda puerta había un par de tiras de año nuevo, en las que
podía leerse:"Casa inmortal en la que la juventud es la única dueña y señora. Esta
mansión posee la misma edad que los cielos".
- Con el fin de impresionar a la gente, estos taoístas son capaces de decir cualquier cosa
- dijo, riendo, el Peregrino -. ¡Menuda forma de hablar! Cuando hace aproximadamente
quinientos años sumí el Palacio Celeste en una total confusión, no encontré tan
grandilocuentes palabras ni siquiera en la puerta de Lao-Tse.
- ¿Eso qué importa? - exclamó Ba-Chie -. Ahora lo que tenernos que hacer es entrar
cuanto antes. ¿Quién sabe? A lo mejor estos taoístas tienen guardado ahí dentro algo
realmente valioso.
No habían transpuesto la segunda puerta, cuando les salieron al encuentro dos jóvenes
de aspecto saludable tanto corporal como espiritualmente. En la cabeza lucían unos
extraños copetes de pelo y las túnicas que vestían eran tan amplias que parecían estar
envueltos, en realidad, en neblinas. Poseían la ligereza de las plumas. Sus amplias

mangas recordaban de alguna forma el vuelo de ciertas aves. Por si eso no bastara, sus
fajas aparecían adornadas con cabezas de dragones. Viendo lo selecto de sus
vestimentas, era fácil colegir que no se trataba de vulgares muchachos. Eran, en efecto,
dos mancebos divinos que respondían a los nombres de Brisa Límpida y Luna Brillante.
Con inusitado respeto se inclinaron ante los caminantes y les dijeron:
- Perdonadnos por no haber salido antes a daros la bienvenida. Sentaos, por favor.
El maestro siguió a los dos jóvenes hasta el salón principal, que estaba constituido por
cinco grandes compartimentos orientados hacia el sur y separados por grandes paneles
cubiertos de relieves. En su parte superior eran totalmente traslúcidos, mientras que en
la inferior eran tan sólidos como una roca. Los dos jóvenes descorrieron una sola de
estas particiones e hicieron entrar al monje Tang en el compartimiento del centro. De
una de las paredes colgaba un larguísimo rollo, en el que habían sido bordados, a cinco
colores, los caracteres del Cielo y la Tierra. Justamente debajo de él había una mesa
lacada de cinabrio rojo para el ofrecimiento de incienso, sobre la que descansaba una
urna de oro amarillo. Junto a ella se veían varias varillas de productos aromáticos.
El monje Tang tomó un poco de incienso con la mano izquierda y lo depositó en el
quemador. Se inclinó después tres veces seguidas y, volviéndose hacia los jóvenes, les
dijo:
- No hay duda de que vuestro Templo de las Cinco Villas forma parte del Paraíso
Occidental. ¿Cómo es posible, por tanto, que no prestéis culto a los Tres Puros, a los
Reyes de los Cuatro Puntos Cardinales o a los diferentes Señores del Cielo Superior?
¿Podéis explicarme por qué junto al recipiente del incienso sólo están escritos los
caracteres del Cielo y la Tierra?
- A decir verdad - contestó uno de los jóvenes, sonriendo -, eso más que una deferencia
por parte de nuestro maestro, porque, mirándolo bien, sólo el Cielo es merecedor de
nuestro reconocimiento.
- ¿Qué quieres decir con eso de que se trata de una pura deferencia? - volvió a
preguntar Tripitaka.
- Muy sencillo - contestó el joven -. Los Tres Puros son amigos de muestro preceptor,
los Cuatro Reyes sus feudos, los Nueve Planetas sus compañeros, y el Dios del Año
Nuevo una especie de huésped no muy bien recibido.
Al oírlo, el Peregrino se echó a reír de tal forma que apenas podía mantenerse en pie.
- ¿Se puede saber de qué te ríes? - le reconvino Ba-Chie.
- ¡Y decías que yo me las daba de grande! - exclamó a duras penas el Peregrino -. ¿Has
oído la prosopopeya de este jovencito taoísta?
- ¿Dónde está vuestro maestro? - indagó Tripitaka.
- Ha sido invitado por el Primero de Todos los Seres a asistir a una conferencia sobre
"El Fruto Taoísta del Origen Caótico" en el Palacio Mi-Le del Paraíso de la Pureza.
El Peregrino no pudo resistirlo más y exclamó:
- ¡Déjate de tanto título rimbombante! ¿Es que no sabes con quién estás tratando? ¿A
quién quieres engañar con tanta palabrería altisonante? ¿Quién es ese Inmortal del
Palacio Mi-Le que se ha dignado invitar a ese maestrucho vuestro? Además, ¿qué clase
de conferencia es esa de la que hablas?
Al ver lo acalorado que estaba el Peregrino, Tripitaka temió que los jóvenes fueran a
incomodarse y reconvino a Wu-Kung, diciendo:
- Deja de mostrarte tan descortés, por favor. Si abandonamos este palacio nada más
llegar, pueden tomarnos por maleducados. Como muy bien afirma el proverbio, "las
garzas no comen carne de garza". ¿Para qué importunar a estos jóvenes, si su maestro
no está aquí? Lleva el caballo a pastar, mientras el Bonzo Sha se encarga del equipaje y
Ba-Chie va en busca de un poco de grano. Nosotros mismos nos encargaremos de

preparar la comida. Sólo necesitamos unos cuantos pucheros y un poco de leña. Venga,
cada cual a lo suyo. Yo voy a quedarme aquí descansando un poco. Proseguiremos
nuestro camino en cuanto hayamos terminado de comer.
Los tres obedecieron sin rechistar. Brisa Límpida y Luna Brillante se sintieron tan
admirados por lo bien organizados que se mostraban que no pudieron por menos de
comentar entre sí:
- ¡Qué determinación la de este monje! Con razón es la reencarnación de un Sabio del
Oeste. Ahora debemos hacer lo que nos dejó encargado nuestro maestro y entregarle
unos cuantos frutos de ginseng. Menos mal que sus tres discípulos se han marchado. De
lo contrario, tendríamos serios problemas con ellos. ¿Te has dado cuenta de lo rudos que
son sus modales?
- No vayamos tan deprisa - sugirió Brisa Límpida -. Mirándolo bien, no sabemos si es
este monje el amigo de nuestro maestro. Deberíamos asegurarnos, antes de dar cualquier
paso en falso.
Se llegaron, pues, hasta Tripitaka y le preguntaron:
- ¿Sois vos el monje Tang, hermano del emperador y eterno buscador de escrituras?
- Así es - contestó él, inclinando la cabeza -. ¿Cómo es que dos inmortales como
vosotros conocen un nombre tan vulgar como el mío?
- Antes de marcharse - respondió uno de los jóvenes -, nuestro maestro nos dejó
encargado que saliéramos a recibiros a los pies de esta montaña. Lo que menos
esperábamos es que fuerais a aparecer tan pronto. Sentaos, por favor, y permitidnos que
os sirvamos un poco de té.
- No merezco tantas atenciones - protestó Tripitaka, pero Luna Brillante se había
retirado ya a la parte de atrás de la casa y no tardó en regresar con una taza de té
aromático.
En cuanto Tripitaka la hubo bebido, dijo Brisa Límpida:
- No debemos desobedecer a nuestro maestro. Así que, cuanto antes le entreguemos la
fruta, mejor.
Los dos jóvenes se despidieron de Tripitaka y se retiraron a sus aposentos. Uno de ellos
sacó un mazo de oro, mientras el otro se hizo con una bandeja de madera para servir
elixir. Antes de salir hacia el Huerto del Ginseng, colocaron sobre ella varios mantelitos
de seda.
Brisa Límpida se subió a un árbol y agitó con el mazo las ramas - Luna Brillante estaba
debajo con la bandeja y logró hacerse con dos de las frutas que cayeron. Satisfechos,
regresaron al salón principal y se las ofrecieron a Tripitaka, diciendo:
- El Templo de las Cinco Villas se encuentra ubicado en un paraje agreste y de difícil
acceso. No son muchas, pues, las cosas de que disponemos para festejar vuestra llegada,
pero, si queréis saciar vuestra sed, no hay cosa mejor que estas frutas que crecen en
nuestro huerto.
- Santo cielo! - exclamó el monje, echándose hacia atrás y temblando de pies a cabeza -
. ¿Cómo es posible que practiquéis el canibalismo en un lugar tan sagrado como éste?
¿Tan mal os van las cosas por aquí que lo único que tenéis para saciar mi sed son dos
niños de apenas tres días de vida?
- ¡Pobre monje! - se dijo Brisa Límpida -. Lleva tanto tiempo en este mundo que es
incapaz de reconocer los preciados tesoros que aquí tenemos. Sólo se sirve de los ojos
mortales para ver y de la mente corrupta para pensar. ¿Cómo es posible que haya caído
tan bajo quien ocupó los puestos más altos del cielo?
Comprendiendo su turbación, Luna Brillante se acercó a él y le explicó:
- Esto que veis aquí, maestro, no son niños, sino un fruto llamado ginseng. No hay nada
de malo en que comáis por lo menos uno.

- No puedo hacerlo - exclamó en seguida Tripitaka -. Sólo el cielo conoce la cantidad
de penalidades que han tenido que pasar sus padres para traer a la vida a estas criaturas.
¡Es increíble que tratéis de convencerme de que son sólo frutas, cuando bien a la vista
está que son niños de no más de tres días!
- Os doy mi palabra de que proceden de un árbol - afirmó Brisa Límpida, solemne.
- ¡Tonterías! - volvió a exclamar Tripitaka -. ¿Cómo va la gente a crecer en los árboles?
¡Lleváoslos de mi vista! ¡No soporto los crímenes!
Comprendiendo que no había manera de convencerle, los dos jóvenes cogieron la
bandeja y la llevaron a sus aposentos. Sabían que aquellos frutos eran tan especiales
que, si no se comían en seguida, se volvían muy duros y no había manera de hincarles el
diente. Se sentaron, pues, en las camas y empezaron a dar buena cuenta de ellos,
desgraciadamente, sus aposentos colindaban con la cocina, de la que sólo les separaba
un muro muy fino, y podía oírse todo lo que hablaban. Ba-Chie estaba preparando un
poco de arroz y no pudo dejar de escuchar una conversación que llamó en seguida su
atención, ya que giraba a cerca de un enigmático mazo de oro y una extraña bandeja
para el elixir. Fue así como se enteró de que el monje Tang había rechazado, por
ignorancia, los frutos del ginseng, obligando a los dos jóvenes a comérselos
tranquilamente en sus aposentos. A Ba-Chie se le hizo la boca agua y se dijo,
esperanzado:
- ¿Cómo podría arreglármelas para comer también yo uno?
No sabía, sin embargo, qué hacer para conseguirlo y decidió tratar del asunto con el
Peregrino. Se desentendió totalmente de la comida y empezó a sacar la cabeza por la
ventana para ver si le veía aparecer. Wu-Kung no tardó, en efecto, en dejarse ver con el
caballo. Lo ató a un árbol y empezó a andar hacia la parte de atrás de la casa, pero el
Idiota llamó su atención, agitando las manos como un loco y diciendo:
- ¡Ven aquí inmediatamente!
- ¿Se puede saber por qué gritas tanto? - preguntó el Peregrino volviéndose y
dirigiéndose hacia la puerta de la cocina -. ¿Acaso falta arroz? Si es así, que el maestro
coma primero. Nosotros mendigaremos el sustento en las casas que vayamos
encontrando a lo largo del camino.
- Pasa de una vez - le urgió Ba-Chie -. Lo que tengo que decirte no tiene nada que ver
con el arroz. He averiguado que en este templo hay un tesoro de lo más extraño.
- ¿Quieres decirme de qué se trata? - volvió a preguntar el Peregrino.
- Por supuesto que sí - contestó Ba-Chie, sonriendo -. Pero te advierto que es algo que
no has visto jamás. Es posible, por tanto, que, si te lo pongo delante de las narices, no
seas capaz de reconocerlo.
- No sabes ni lo que dices - le regañó el Peregrino -. Cuando hace aproximadamente
quinientos años me dediqué a la búsqueda de la inmortalidad, recorrí hasta el último
rincón del cielo y el océano, y puedo asegurarte que no hay misterio que no haya
comprendido ni tesoro que no haya visto.
- Todo lo que tú quieras - replicó Ba-Chie -. Pero ¿a que no has visto nunca un fruto de
ginseng?
- Me temo que no - reconoció el Peregrino, desconcertado -. Sin embargo, he oído decir
que es la planta del azufre metamorfoseado y que quien la come ve prolongada
considerablemente su vida. ¿Quieres decirme dónde puedo encontrar esa maravilla?
- Aquí mismo - contestó Ba-Chie -. Esos dos muchachos se la ofrecieron al maestro,
pero él pensó que se trataba de un niño de apenas tres días y no se atrevió a probarla.
Opino que esos mozalbetes son un poco desconsiderados con nosotros, ya que debían
habernos tratado exactamente igual que a nuestro mentor. ¿A qué viene eso de andar
con secretitos? Los muy caraduras se han comido un fruta de ésas cada uno en la

habitación de al lado. Lo han hecho con tal fruición que he empezado a babear como un
tonto, mientras mi mente cavilaba la forma de probarla yo también. Así, he caído en la
cuenta de que no hay hombre con más recursos que tú. ¿Qué te parece si nos llegamos
hasta su huerto y les robamos unos cuantos frutos de ésos?
- No hay cosa más fácil - afirmó el Peregrino -. Puedes tomarlo por hecho - y, dándose
la vuelta, empezó a caminar hacia la parte delantera de la casa. Afortunadamente, BaChie logró detenerle, diciendo:
- Espera un momento. Mientras hablaban, les oí mencionar no sé qué de un mazo de
oro. Es preciso hacerlo todo con la debida corrección para que nadie se dé cuenta de
nuestros planes.
- Estáte tranquilo - dijo el Peregrino -. Ya sé cómo hacerlo.
El Gran Sabio se valió de la técnica del ocultamiento corporal para introducirse sin ser
visto en los aposentos de los taoístas. Los dos jóvenes no estaban ya allí. Después de
comer las frutas regresaron al salón principal para mantener entretenido al monje Tang.
El Peregrino buscó por todas partes el mazo de oro y sólo pudo hallar una varilla de oro
rojizo colgada de una ventana. Tenía aproximadamente una longitud de dos pies y un
grosor que no superaba el de un dedo. Uno de sus extremos terminaba en una bolita del
tamaño de una cabeza de ajo; en el otro había un pequeño agujerito con una cinta de
lana verde.
- Éste debe de ser el mazo de oro - se dijo el Peregrino y lo descolgó con cuidado.
Sin perder un solo segundo, se dirigió a la parte de atrás de la casa, abrió una puerta de
doble batiente y se encontró de pronto ante un huerto esmeradamente cuidado. Sus
barandas, primorosamente labradas, habían sido pintadas de un atractivo color rojizo,
que contrastaba con lo escarpado de sus colinas artificiales. En ellas crecían exóticas
flores, que rivalizaban en luminosidad con el sol, y pequeños bosquecillos de bambúes,
cuyo verdor se compaginaba perfectamente con el límpido añil de los cielos. Tras un
gracioso pabellón se apreciaba una banda de sauces fijadores de niebla, junto a los que
se levantaba una tribuna para gozar de la contemplación de la luna. Por doquier se veían
pinos de un atractivo color azulado. El huerto era, en realidad, un mosaico de vivos y
atractivos colores: el rojo brillante de los granados, el delicado verde de la hierba, el
exuberante azul de las orquídeas, la límpida transparencia de las aguas de un arroyo. No
lejos del pozo dorado
7 crecían infinidad de árboles, entre los que destacaban los wutung 8, los huai y los melocotoneros de tupidas copas y atractivos colores. Los
crisantemos esparcían por doquier el milagro otoñal de su penetrante fragancia. Junto al
pabellón de las peonías crecían diez mil variedades de tan preciadas flores.
Adondequiera que se dirigiera la vista podían contemplarse bambúes que desafiaban la
escarcha y pinos cargados de nobleza que se mofaban de la nieve. No muy lejos del
estanque cuadrado y del lago circular se habían construido nidos para las garzas y
establos para los ciervos Al chocar contra las rocas, el agua de los arroyos parecía
desintegrarse en diez mil esquirlas de jade. El viento invernal sacudía con fiereza la
delicada blancura de los capullos del ciruelo, aunque se respiraba ya la cercanía de la
primavera en la explosión de color de las begonias. Aquél era, en verdad, un auténtico
paraíso, en el que el oro surgía del suelo como si fuera una planta más. Resultaba
imposible imaginar que hubiera un lugar más hermoso que aquél en todo el occidente.
El Peregrino se sintió inmediatamente atraído por el embrujo de su belleza, pero
continuó caminando y pronto se encontró con otra puerta. La abrió de par en par y se
halló en un vergel, en el que crecía toda clase de verduras: espinacas, apio, colas de
caballo, remolacha, jengibre, brotes de bambú, melones, berros, cebollinos, ajo,
culantro, puerros, cebolletas, tallos de apio, flores de loto, su
9 amargo, calabaza,
berenjenas, nabos blancos y verdes, espinacas rojas, repollos verdes y mostaza.

- Se ve que este taoísta consume lo que produce - se dijo, sonriendo, el Peregrino y
continuó su camino.
Al otro extremo de este segundo huerto había una nueva puerta. La abrió y se encontró
en un nuevo vergel, en cuyo centro crecía un árbol llamativamente alto. Sus ramas eran
recias y bien proporcionadas, lo mismo que sus hojas, que, de alguna manera,
recordaban las del llantén. Tanta perfección no dejaba de llamar la atención, ya que
medía más de mil pies de alto y sesenta o setenta de grosor. El Peregrino se apoyó en su
tronco y, levantando la vista, vio un fruto de ginseng en una de las ramas que miraban
hacia el sur. Parecía, en verdad, un niño recién nacido. La brisa sacudía sin cesar sus
miembros y su cabeza, otorgándole una indiscutible apariencia de vida. A veces se tenía
incluso la sensación de que lloraba como si fuera un auténtico bebé.
- ¡Qué cosa más maravillosa! - volvió a decirse, asombrado, el Peregrino -. Jamás había
visto cosa igual - y, de un salto, se encaramó a lo alto del árbol.
Para él no encerraba secreto alguno robar fruta. De hecho, no era la primera vez que lo
hacía. Sin pérdida de tiempo, sacó el pequeño mazo de oro y golpeó con suavidad la
fruta, que se desprendió al instante de la rama. El Peregrino se dejó caer sobre la hierba,
pero, por mucho que lo intentó, no consiguió encontrar el ginseng. No había,
simplemente, rastro de él.
- ¡Qué raro! - exclamó el Peregrino -. Me figuro que, al tener piernas, se habrá echado a
correr. Sin embargo, ¿cómo se las habrá arreglado para saltar la tapia? ¡Ya sé lo que ha
pasado! Seguro que lo ha escondido por alguna parte el espíritu de este huerto, para que
no pueda comerlo.
En seguida hizo un signo mágico, al que añadió un conjuro que empezaba con la letra
Om. Su gesto se tornó tan poderoso que no tardó en aparecer el espíritu del huerto,
inclinándose respetuosamente y diciendo:
- ¿En qué puede serviros este humilde esclavo vuestro, Gran Sabio?
- ¿No sabes que soy el ladrón más famoso del mundo? - preguntó, a su vez, el
Peregrino -. Nadie se atrevió a despojarme de mi botín cuando me apropié de los
melocotones inmortales, del vino del emperador y de las píldoras de la longevidad.
¿Cómo has tenido tú el valor de llevarte el fruto que acabo de arrancar a este árbol? Me
extraña que hayas obrado con tanta ligereza. Mirándolo bien, lo que crece en árboles es
patrimonio de todas las aves. ¿Por qué has tenido que quedarte con mi parte?
- Estáis muy equivocado, Gran Sabio - contestó el espíritu del huerto -. Yo no os he
quitado nada. Este tesoro es propiedad de un inmortal de la tierra y yo no soy más que
un vulgar espíritu. ¿Cómo iba a atreverme a cometer semejante desacato? A mí ni
siquiera me está permitido oler esos frutos, así que tú verás.
- Si tú no lo has cogido - interrogó el Peregrino -, ¿cómo es que a desaparecido nada
más caer al suelo?
- Es muy posible que estéis al tanto de sus propiedades para alargar la vida - respondió
el espíritu -. Pero se ve que desconocéis absolutamente todo sobre él.
- ¿Qué quieres decir? - exclamó el Peregrino.
- Que este árbol tarda aproximadamente tres mil años en florecer, invierte otro tanto en
dar fruto y lo conserva en sus ramas durante un período exactamente igual - explicó el
espíritu -. Quien lo huela una sola vez puede vivir más de trescientos sesenta años, y
quien tenga la fortuna de comerlo es capaz de alcanzar los cuarenta y siete mil años. Sin
embargo, un fruto tan valioso se encuentra totalmente a merced de las Cinco Fases.
- ¿Y eso qué significa? - volvió a indagar el Peregrino.
- Muy sencillo - dijo el espíritu -: que se desprende al contacto con el oro, se seca con
el de la madera, se disuelve con el del agua, se marchita con el del fuego y se diluye con
el de la tierra. Ése es el motivo por el que has tenido que valerte de un objeto de oro

para arrancarlo. Tenías que haberte servido, además, de una bandeja cubierta con un
mantelito de seda. De esa forma, hubieras evitado el contacto con la madera. Es más, a
la hora de comerlo, es preciso disolverlo con un poco de agua en un recipiente de
porcelana y mantenerlo alejado cuanto se pueda del fuego. Lo que ha ocurrido, en
definitiva, ha sido que, al tocar la tierra, se ha asimilado totalmente a ella.
Consiguientemente, esta porción de huerto se mantendrá lozana durante más de cuarenta
y siete mil años. No deja de ser esto extraño, ya que en realidad es tres o cuatro veces
más duro que el hierro y el acero no puede absolutamente nada contra él. Eso explica
precisamente que quien lo coma pueda vivir tanto tiempo. Si no me crees, golpea el
suelo todo lo fuerte que puedas y te convencerás.
El Peregrino cogió la barra de los extremos de oro y propinó un golpe terrible a la
tierra. Pero rebotó como una gota de lluvia sobre la roca. En el suelo, sin embargo, no se
apreciaba la menor señal.
- He de admitir que tienes razón - exclamó, sorprendido, el Peregrino -. Esta barra es
capaz de hacer añicos una montaña entera y de producir una marca profunda en el
mismo hierro. Sin embargo, no ha dejado la menor señal en el suelo. Perdona por
haberte echado la culpa sin motivo. Si quieres, puedes marcharte.
Visiblemente complacido, el espíritu del huerto se inclinó y regresó a su morada oficial.
El Gran Sabio volvió a subirse al árbol, hizo una especie de saco con su camisa de seda
y, apartando cuidadosamente las hojas y las ramas, golpeó tres frutos con el pequeño
mazo de oro, que fueron a parar al fondo del tejido. Loco de contento, saltó otra vez a
tierra y corrió hacia la cocina.
- ¿Los has traído? - le preguntó Ba-Chie, sonriendo.
- ¿Son éstos los frutos de los que hablabas? - inquirió, a su vez, el Peregrino -. Ha sido
más fácil conseguirlos de lo que esperaba. Así que llama al Bonzo Sha y que venga a
probarlos. No está bien dejarle fuera de un banquete tan suntuoso como éste.
- ¡Ven aquí, Wu-Ching! - gritó Ba-Chie, moviendo las manos.
- ¿Se puede saber qué es lo que quieres? - preguntó el Bonzo Sha.
- Mira esto - le dijo entonces el Peregrino -. ¿Sabes lo que es?
- Frutos de ginseng - respondió el Bonzo Sha, sorprendido.
- Eso es - confirmó el Peregrino -. ¿Dónde los has probado?
- En ninguna parte - contestó el Bonzo Sha -. Cuando desempeñaba el cargo de
Levantador de la Cortina, vi en cierta ocasión a varios inmortales regalárselos a la Reina
Madre con motivo de su cumpleaños. Pero no los he probado jamás. ¿Piensas darme
ahora esa oportunidad?
- Por supuesto - afirmó el Peregrino -. ¿Para qué crees que he traído tres?
Cada uno cogió el suyo. Ba-Chie poseía un enorme apetito y una boca que superaba
toda medida. No esperó, pues, ni un solo segundo y se lo tragó, como si se tratara de una
simple pepita de melón.
- ¿Se puede saber qué es eso que estáis comiendo? - preguntó, volviéndose hacia sus
dos hermanos.
- Frutos de ginseng - contestó, sorprendido, el Bonzo Sha.
- ¿A qué sabe eso? - volvió a preguntar Ba-Chie.
- No le hagas caso, Wu-Ching - le aconsejó el Peregrino -. Él ya ha comido el suyo. ¿A
qué viene tanta pregunta inútil?
- Me temo que lo he comido demasiado deprisa - confesó Ba-Chie. Yo no soy tan
comedido como vosotros, que os gusta saborearlo con fruición. A mí no me va eso de
masticar. Lo triste es que no me lo he tragado y ni siquiera sé si tenía pepita. ¿Por qué
no vas y me traes otro? Vamos, no te hagas de rogar. Al fin y al cabo, es culpa tuya
haberme agitado de esta forma los gusanos del estómago. Te prometo que esta vez lo

saborearé con cuidado.
- Se ve que no tienes remedio - exclamó el Peregrino -. Estos frutos no son como el
arroz o los tallarines. En diez mil años sólo han madurado unos treinta. Deberías dar
gracias al cielo por haberlos podido comer. Así que deja de decir tonterías de una vez.
Cogió el pequeño mazo de oro y, sin decir nada más, lo dejó caer en la habitación de al
lado a través de un agujero que hizo en la ventana. Pero el Idiota no se arredró y
continuó murmurando insensateces. Al poco tiempo los jóvenes taoístas regresaron a
sus aposentos en busca de un poco de té para el monje Tang y oyeron quejarse a BaChie de no haber saboreado como debiera el fruto del ginseng y de que mejor hubiera
sido no habérselo llevado a la boca.
- ¿Has oído lo que acaba de decir el monje del morro saliente? - preguntó, intrigado,
Brisa Límpida a Luna Brillante -. Ni más ni menos ha dado a entender que se ha
zampado uno de nuestros preciados frutos. ¿Crees que habrán robado alguno esos
bonzos zarrapastrosos? Con razón nos advirtió el maestro que tuviéramos cuidado con
ellos.
- Todo esto me da muy mala espina - comentó Luna Brillante, dándose la vuelta -. Para
empezar, el mazo de oro está en el suelo. Creo que lo mejor que podemos hacer es ir al
huerto a echar un vistazo.
Los dos jóvenes corrieron a la parte de atrás de la casa y, para su sorpresa, encontraron
abierta de par en par la puerta del jardín de las flores.
- ¡Qué cosa más rara! - exclamó Brisa Límpida -. Recuerdo muy bien haberla dejado
cerrada.
Visiblemente preocupados, corrieron hacia el huerto de las verduras y lo hallaron
abierto también. Sin poder contener ya la impaciencia, entraron en el jardín en el que
crecía el ginseng y empezaron a contar sus frutos, mirando con ansiedad hacia arriba.
Repitieron varias veces la operación, pero siempre obtuvieron el mismo resultado:
veintidós frutos.


- ¿Has contado bien? - preguntó Luna Brillante.
- Sí. Y no sólo una, sino varias veces - contestó Brisa Límpida - - - ¿Cuántos te salen?
- En un principio había treinta - respondió Luna Brillante - Ante de marcharse, el
maestro dividió dos entre todos nosotros, así que quedaban veintiocho. A ésos hay que
restar los dos que ofrecimos al monje Tang. O sea, que en total debería haber veintiséis.
¿Cómo e posible que sólo hayamos contado veintidós? ¿Dónde están los otros cuatro?
Aunque, mirándolo bien, la explicación no puede ser más clara: los ha robado ese grupo
de ladrones. Vamos a pedir cuentas de todo ello al monje Tang.
Tras abandonar el jardín, se dirigieron al salón principal, donde pusieron de vuelta y
media a Tripitaka, acusándole de ladrón y de amigo de ratas. Haciendo uso de un
lenguaje irrespetuoso en extremo, continuaron insultándole durante mucho tiempo,
hasta que finalmente el Tang no pudo aguantarlo más y dijo:
- ¿A qué viene tanto alboroto? ¿Es que no podéis calmaros y tratar del asunto que sea
como personas educadas? Si tenéis algo que decirme, hacedlo con más tranquilidad y
sin usar un lenguaje tan ofensivo. No me explico qué clase de inmortales sois vosotros.
- Por lo que se ve, estás totalmente sordo - le regañó Brisa Límpida -. Si te hablamos
con un lenguaje tan soez, es porque estamos convencidos de que es el único que
entiendes. ¿De qué otra forma podemos dirigirnos a quien ha robado los frutos del
ginseng? ¿Qué quieres? ¿Que, encima, te alabemos?
- ¿Cómo son esos frutos que decís? - preguntó el monje Tang.
- Como un niño recién nacido - contestó Luna Brillante -. Al menos eso fue lo que tú
mismo dijiste, cuando te los dimos a probar hace menos de media hora.

- ¡Bendito sea Amitabha Buda! - exclamó, escandalizado, el monje Tang -. ¿Cómo voy a atreverme a robar eso que decís, si con sólo mirarlo me pongo a temblar como si fuera
una hoja? Ni aunque estuviera muerto de hambre sería capaz de probarlo. Mucho me
temo que os habéis equivocado de persona.
- Es posible que tú no lo hayas hecho - reconoció Brisa Límpida -, pero no estamos tan
seguros de tus discípulos. A ellos sí que les gustaría probar una delicia como ésa.
- No lo niego - admitió Tripitaka -. Pero ¿a qué viene eso de gritar como locos? Ahora
mismo voy a preguntárselo y, si son ellos los culpables, os juro que les obligaré a
resarciros de alguna manera.
- ¿Resarcirnos? - repitió, burlón, Luna Brillante -. No podrías hacerte con uno de esos
frutos, ni aunque tuvieras todo el dinero del mundo.
- Si es verdad lo que dices - concluyó Tripitaka -, al menos podrán presentaros sus
disculpas, pues, como muy bien dice el proverbio, "la honradez vale más que dos mil
monedas de oro". Además, no estamos seguros del todo de que hayan sido mis
discípulos los que han cogido vuestros frutos.
- ¿Qué quieres decir con eso? - preguntó Luna Brillante -. Nosotros mismos les hemos
oído discutir sobre el tamaño de los trozos que se estaban repartiendo tan
tranquilamente.
- ¡Venid aquí inmediatamente, discípulos! - gritó Tripitaka
Al oírlo, el Bonzo Sha exclamó, preocupado:
- ¡Vaya, lo que nos faltaba! Esos jovenzuelos taoístas nos han descubierto y han ido
con el cuento a nuestro maestro. Por eso están armando todo ese alboroto.
- Nuestra situación es, ciertamente, comprometida - comentó el Peregrino -. De todas
formas, se trata de un asunto de auténtica subsistencia. Si hemos robado, ha sido con el
único propósito de matar el hambre. Así que lo mejor es negarlo de plano.
- Estoy de acuerdo contigo - asintió Ba-Chie -. Robar para comer no es delito - y,
abandonando la cocina, se dirigieron hacia el salón principal.
No sabemos cómo se las apañaron para salir de aquel embrollo. Quien desee
descubrirlo tendrá que escuchar las explicaciones que se ofrecen en el próximo capítulo.





NOTAS  Capítulo XXIV

1 El «ginseng» o «resheng»,
Panax schinseng, es una planta que goza de un gran predicamento en la medicina china tradicional como afrodisíaco y prolongador de la vida.


2 Aparte de ser la mayor cordillera de China, el Kun-Lun es el monte más sagrado del taoísmo popular, ya que en él habitan tanto Wang-Mu-Niang-Niang como el Respetable Celeste Primordial.


3 Las Cinco Bendiciones son: una vida longeva, las riquezas, la salud, el amor de la virtud y una muerte natural.


4 Se trata del
Sophora japónica.


5 Este nombre es sumamente significativo, ya que puede traducirse por «el que se ha asentado firmemente sobre sus orígenes».


6 La cita está tomada de las
Analectas de Confucio.


7 «El puente dorado»: referencia a la costumbre de pintar con oro el brocal de los pozos por parte de las familias más pudientes. La expresión ha terminado convirtiéndose en
algo común en la poesía tradicional.


8 El «wu-Tung» recibe el nombre científico de
Sterculia platanifolia.


 9El «su» es conocido científicamente como Dipsacus asper.
 

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